Una ventana

Me gustan las ventanas de poniente. Las que ofrecen los cálidos tonos del atardecer, las que me devuelvan el rojo, el rosa, el morado, el naranja de un sol que ha trabajado sin descanso.
La ventana que es testigo silente y me comparte sus secretos. La ventana que ha crecido con el tiempo y cuando era pequeña solo me ofrecía el cielo, la ventana que de adulta se ha vuelto frondosa y me habla en verde.
La ventana que ofrece el asombro, que da clases de ornitología y apuntes del clima.
Me gustan las ventanas que voltean hacia adentro cuando yo quiero estar fuera y las ventanas que traen luz cuando yo estoy ciega.
Me gustan las ventanas de poniente, las que sigilosamente me transportan de la actividad al sueño y me despiertan sin mayores aspavientos.

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La recámara de la casa

La pintamos con dos tonos de verde. Aceptaste mi sugerencia de colores en cada rincón de la casa. Nuestra habitación tendría esos tonos, según la ubicación y según el libro de Feng Shui.
Un verde refrescante en la pared para el respaldo de nuestra cama y un verde muy sutil para el resto. Cuando terminamos de pintar nos tumbamos en el piso, partícipes del simulacro. El efecto gustó a ambos.
Trajimos la cama y la colocamos al centro. De mi lado la puerta de entrada, del tuyo un balcón de vista desnuda. A modo de buró, pusimos las mesitas de madera plegables, esas que por ratos han sido escritorio y mesa de desayuno. Aún no encontramos el juego de recámara que me robe un suspiro, pero no nos hace tanta falta, tenemos lo indispensable.

Con el tiempo entraron más muebles: el cajonero de mimbre, la mesa para la pantalla. Todo era equilibrio y simetría hasta que nos vimos envueltos en temas de paternidad. Los meses avanzaron; y limpiamos, y movimos, y re-armamos la cuna que estaba guardada, la metimos empujando muebles y vida. Tú te encargaste del ajetreo y la distribución. Aquello se convirtió en un caos de amor.
Mis noches despierta, la media luz, mis manos asidas a la cuna para poder levantarme y dar consuelo. Mi cama en un rincón.


Aún hoy, después de dos años y con otro acomodo, seguimos teniendo la cama desplazada por una cuna que yo quiero mudar de habitación y que ambos queremos retener.
No puedo renunciar aún a las manitas que nos buscan, al llanto suave que nos extraña, a las risitas y los besos infantiles.
Dejémoslo más tiempo así, por favor. Después de todo, una cama desplazada no es tan
importante ahora.

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El baño de la casa – el lugar correcto

A lo largo de mi vida he pasado por varias (muchas) mudanzas. Por supuesto todos los lugares y las casas a las que he llegado se han ido vistiendo de la vida misma, pero es en esta casa actual en la que se han ido tejiendo eventos perfectamente hilvanados y absolutamente diferentes. Por supuesto uno de los lugares que abarca situaciones variadas es el baño.
Además de las funciones vitales, que no conviene al bienestar del lector enumerar aquí, existen aquellas que al margen de una realidad, vivimos y disfrutamos. En esta casa gozo, contrario a las anteriormente habitadas, de una recámara con baño y vestidor, por lo tanto, lo íntimo y lo cómico se extiende hasta ese rincón. Esto va desde el momento erótico hasta la agradable sorpresa del positivo en compañía y de la anécdota que hoy voy a compartir:
Es bien sabido, por quienes son madres, que nunca se tiene intimidad real en el momento de usar el servicio sanitario, la criatura va detrás de la madre apenas la pierde de vista. Suelo ser muy pudorosa para los temas referentes a gases intestinales y los sonidos vergonzosos. En casa luchamos con la discreción femenina y l a desvergüenza masculina. Cuando mi niña pequeña, que aún no aprende muchas palabras, suelta algún sonido, mi esposo le dice con cara de asombro “¡Oi! ¿Quién fue?”. Y cuando es mi esposo el autor de dicha sonoridad, igualmente usa la misma frase y el mismo gesto.
Una mañana, ya solas en la habitación mi niña y yo, ella aún dormía y yo aproveché el
momento para ir al baño, dejando las puertas tanto de vestidor como de servicio abiertas por aquello de escucharla cuando fuera a despertar y hablarle para su tranquilidad al verse sola en la cama. Me disponía a realizar lo propio del lugar, y de pronto ocurre aquél evento que mi esposo siempre caricaturiza; claro, yo con tranquilidad y a ojo cerrado, limpiando mi conciencia con el pensamiento “estoy en el lugar correcto”, escucho una vocecita modorra que me saca de mi paz y desahogo exclamando un claro y fuerte: “Oooii?”. Yo estaba a punto de la carcajada tratando de recuperar el dominio para hablarle y según yo, tranquilizarla pero de pronto solo vi
sus ojitos curiosos y sonrientes en el marco de la puerta.

-¡Buenos días, corazón!

-¿Oooii?

Ni hablar; es el lugar correcto, pero aquí ya no hay intimidad.

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La cocina de la casa

Una de mis tías comentaba una anécdota acerca de las rosas de su jardín y una mujer mayor que pasaba por ahí con frecuencia. Solía saludar cortésmente; hasta que un día dijo algo más que eso, y refiriéndose a las bellas rosas soltó un categórico “Se nota que en esta casa, SÍ hay mujer”. Mi tía recibió el cumplido en su momento, pero lo cierto es que el gusto por las rosas no era de ella, sino de su esposo, quien las había sembrado y regaba con dedicación. La verdad es que siempre florecían hermoso. Mi tía completaba aquella anécdota con un “No, es en la cocina donde sí se nota, si hay o no mujer”
Siempre me ha pesado esa idea, porque no es mi caso. Ni las rosas ni la cocina son de mi agrado.
La cocina de mi casa es un lugar abierto, y en ambos sentidos: literal y figurado. Desde que entras a la casa, puedes voltear un poco y apreciar que nunca tengo las superficies libres. Desde que empieza la hora de preparar los alimentos, deseo que alguien entre y lo haga en mi lugar. Nado siempre en un oleaje que va desde el “Hoy sí voy a limpiar todo y bonito” o un “Esta vez sí me quedó bien rico”, hasta un “¡No he terminado de limpiar y ya debo cocinar otra vez!”.
Nunca estoy del todo a gusto en ese lugar, pero siempre estoy consciente de la importancia que sobrelleva.
Cuando salimos de viaje y dejamos las llaves a mi suegra “por si se ocupa” lo primero que me estresa es la estufa, y suelo dedicarle más tiempo a la cocina que a las maletas. Cuando limpio la estufa y veo las gotas rojizas de aceite, recuerdo qué rico estaba el chorizo de la cena que nos preparó mi esposo. Cuando descubro una gota de leche debajo de la licuadora, recuerdo el desayuno que nos compartió mi hija una mañana de domingo.

Estos días de encierro, mi esposo creó un recolector de aceite que ya en días pasados le había comentado iniciando la frase con un “Ojalá tuviera algo así dónde colocar el sartén…” Quizás suene especial, la verdad se trata de dos tablas unidas en escuadra, con un par de tornillos en la tabla vertical, donde pongo el sartén y coloco debajo un botecito de plástico (que suele haber guardado Nutella o Aladdino) . Tiene una forma caprichosa por tratarse de sobrantes de la misma cubierta que usamos en la cocina, así que a pesar de la forma, hace juego; y eso me tranquiliza. Porque parece ser que haya alguien más en la cocina, que como yo: no encaja del todo, pero hace lo mejor que puede .

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La entrada de la casa

Ni siquiera recuerdo el día exacto. Era una mañana fresca, esas mañanas que hay poco en regiones del norte como la que habitamos.
Nos llevaste a mi hija y a mí a acompañarte en una de tus jornadas de supervisión; al menos, ese fue el pretexto para mostrarnos por fin lo que habías ocultado y yo ya sospechaba. Tu secreto.
Entraste a un fraccionamiento. En silencio, primero; explicando las opciones de compra, después. Fingiste ser un buen consejero abriéndome las opciones y el panorama. De pronto, te detuviste en una casa y dijiste algo así como “a ver si podemos entrar a esta”. Una señorita te esperaba, mi hija te acompañó y después de algunas palabras que intercambiaste , regresaste por mí al auto.

-¿Ya lo adivinaste? – dijiste al ver mi cara de desconcierto – Quería decírtelo hace
tiempo…perdona que te lo haya ocultado. Quiero que me acompañen en este nuevo
lugar. –
Sentimientos en tropel por dentro. Por una parte invitabas oficialmente, por otra te tomabas libertades egoístas. Bajé porque la mujer nos esperaba y entonces se detuvieron en la entrada.

-Adelante, bienvenida –

Estaba ahí, sorprendida y de pie ante una puerta blanca. Con una sonrisa tímida, puse un pie adentro después de ver tus ojos chispeantes de alegría. El júbilo. La incertidumbre. La aventura. El marco de la puerta blanca en la entrada de mi casa.

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La sala de la casa

Tengo un gusto excesivo por los muebles. Me entretengo ¡horrores! viendo exhibiciones, reales o virtuales. Puedo imaginar la cotidianeidad en cada set que montan para publicidad. Yo amo los muebles y; contrario a mi gusto, nunca he comprado una sala.
Hay una insatisfacción eterna y un pero constante cuando se trata de elegir. Razones variadas; como un estampado que va a pasar de moda, tres piezas que son trilladas, formas que obligan a un acomodo vitalicio, rigidez o exceso de comodidad, estilos señoriales o demasiado informales. En fin.
Busco una sala que sea de colores lisos, pero que no me resulte aburrido verlos todos los días.
Que sea modular, porque amo el dinamismo y en la menor provocación muevo las cosas de lugar. Que me reciba cálidamente, pero que no me secuestre en su comodidad. Que sea atemporal, porque los estilos y las modas siempre me han causado alergia. Que además de asiento me dé otras funciones como bodega, mesa y librero. Y sí: ya tengo un boceto pero no lo he concretado (como tantos otros proyectos que habitan mi mente)
Y mientras tanto, a mi suegra le sobraba un juego de sala que amablemente y, con la mejor
intención, nos prestó: una pequeña sala esquinera, como la que teníamos en casa paterna: mismas piezas, mismas dimensiones, similar tapiz. La agradezco porque ha dado el servicio y ha cumplido sus funciones. Pero cuando la devuelva, tendré que pagar el retapizado pues se ha llevado algunos accidentes; entre dos mudanzas, una adolescente, una nena de dos años, una perrita muy inquieta y el polvo de todo este tiempo.
Esta sala, que no sería la primera en elegir; se ha impregnado de momentos preciosos y
precisos que se han quedado detenidos en el tiempo del corazón. Ahí senté a cuatro niñas preadolescentes y les dí un sermón sobre disfrutar la amistad y aprovechar el tiempo, ahí se sentó una madre que vino a verme, sin avisar, para advertirme de cierta mala influencia escolar que se disfrazaba de amistad; al final su hija tampoco fue del todo leal. Ahí recibí un par de amigas y compartimos cantos y copas. Ahí se sentó un chiquillo muy serio y delgado, con la intención de obtener permiso para ser un novio en esta casa. Ahí me senté con lágrimas en los ojos cuando llegué del hospital, con mi bebé en brazos, angustiada porque a nuestra llegada vimos a la vecina desesperada tratando de abrir su carro con la nena de año y medio adentro; mi esposo le brindó ayuda y me dijo que no había pasado a mayores pero yo seguía en el llanto. Ahí me acosté agotada un día, con la blusa abierta y los pezones heridos, quedándome
dormida sin importar el lugar, dejándole a mi madre que fuera abuela sin límites. Ahí ocurrieron los enfrentamientos de un padre atareado con el trabajo, una adolescente atareada con las presiones y una madre atareada con las hormonas y el malestar. Ahí lloré cuando temía por un diagnóstico y mi esposo me abrazaba. Ahí organizamos tarde de cine y palomitas esta familia de cuatro. No sé a dónde va a ir lo vivido cuando cambie el tapiz, y la devuelva. Cuando llegue otra sala, la que estoy buscando y no encuentro, seguramente es porque le falta todo lo que en la actual ya tengo.

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Carta a Santa

Querido Santa:
 
Sabrás ya, desde hace casi 30 años, que radico en México y que mi país tiene: 134,864 asuntos urgentes, 13,432 asuntos importantes y 845,690 asuntos graves que deben resolverle a la mayor brevedad posible…."para ayer" como dice mi jefe y para que lo entiendas mejor.
Más para estar acorde a tu espíritu bondadoso y no ponerte de mal humor (que dudo que puedas hacerlo) prefiero no explicarte uno por uno los asuntos pendientes de mi patria, pero sí quiero compartir contigo mi pequeña lista…."el granito de arena de lo que puedo yo hacer por mi país" como suelen decir los "políticos"…pues bien….mi lista empezaría por pedirte:
 
Prudencia, para no atropellar las voluntades ajenas.
Conciencia, para darme cuenta de las personas a las que afecta mi proceder.
Valor, para decir las cosas que debo expresar.
Sabiduría, para saber cuándo callar.
Libertad, para dirigir mi vida.
Respeto, para no evadir a mis semejantes.
Madurez, para predicar sin abrir la boca.
 
Creo que si le das esto en mayores proporciones a quienes dirigen mi nación, tendremos un gran avance, pero si no te es posible diferenciar cantidades, estoy segura de que dejando tan solo un poco en cada casa, nuestro mundo será otro!
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Gota a gota

Ayer me dispuse a lavar un poco de ropa, y como Rebeca estaba un poco inquieta (como suele ocurrir) la dejé jugar cerca y permití que se mojara. Yo estaba en lo mío cuando puse atención en la actividad que tan entretenida la tenía; les explico el cuadro: Atrás, en el "patio", mamá tenía una cubeta llena de agua, en el pasillo estaba el recogedor a medio camino, Rebeca encontró una tablita de madera que estuvo sumergiendo constantemente en la cubeta para llevarla hasta el recogedor a que escurriera.
Suspendí lo mío, cuidando que no se diera cuenta de que la observaba…hasta conté los pasitos que daba desde la cubeta hasta el recogedor: 23 golpecitos en el concreto. Continué con mi actividad, pero necesitaba pasar sobre su camino, para llevar la ropa a tender, estuvimos así todo el tiempo que me tomó lavar…yo iba y venía y me la encontraba en el camino con su tablita en la mano, enfrascada en lo suyo!
Me tardé quizás 45 minutos, no sé cuántas veces pasé cerca del recogedor pero al principio estaba seco, incluso se apreciaba perfectamente el polvo adherido…al final, el objeto en cuestión estaba totalmente mojado en toda su superficie y hasta guardaba un charco en su interior…Rebeca estuvo yendo y viniendo tantas veces como pudo, con sus 23 pasos de ida y 23 pasos de regreso, con una tabla en la mano que sumergía en la cubeta y sacaba (completamente vertical) para golpearla en el recogedor y dejar el agua que había "acarreado"…y fue así como con una actividad tan, aparentemente, infructuosa, me dí cuenta que la vida se trata mucho de eso…ir y venir sobre el mismo camino, aunque parezca aburrido o tedioso, para hacer cosas que aunque pequeñas llenan el espacio en otro lugar…las acciones de cada persona que poquito a poco entran en el corazón de la otra…el tezón que cada quien pone en su carrera para llegar a la meta…tantos ejemplos pasaron en mi mente mientras escuchaba los 23 pasitos en el pasillo.
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Para que entiendan un poquito mi postura

Rueda Crónica

por Mario Anteo

No cabe duda de que la rueda de los años marchita las fiestas decembrinas. Y es que con el paso del tiempo, la jubilosa posada de tu infancia muda a seca reunión donde apuras villancicos, bebes de pie un ponche, y a las 11 terminas en cama viendo la tele.

El gotero de Cronos oxida la cita familiar en torno al pino navideño, te agripas en el convivio al que asistes por compromiso, agrieta tu achacoso estómago que suda para digerir los tamales de Año Nuevo.

Recuerdo a mi abuelo retirándose a su habitación mientras la familia disfrutaba una suculenta cena, el último día del año. Me decía yo: «Pero qué fuerza de voluntad del viejo! ¡Ni en esta fecha rompe sus horarios!»

Ahora que puedo recibir el Año Nuevo en los brazos de Morfeo, descubro que la voluntad del abuelo más bien era lo contrario; es decir, el hombre sucumbía a la tentación de aislarse y permanecer ajeno al desesperado intento del mundo por exaltar la felicidad y el futuro venturoso.

Lástima que se vuelvan tan monótonos el anual pino navideño, la ceremonia de las uvas, la cuesta de enero, los bolsillos secos, la gripa y hasta los buenos deseos. El tiempo es una rueda chirriante que nunca se detiene y que, una a una, te asesta las cuatro estaciones, desde la primavera con sus fértiles promesas, hasta el invierno de mustia jeta.

Dice una nota de la Red: «Tarde o temprano, todos los pueblos del mundo se dieron cuenta de que, transcurrido cierto tiempo, las estaciones solares repetían su cauce luminoso. Los cultivos volvían a crecer y las lluvias retornaban para regar las nuevas semillas. Así, el hombre fue constatando el eterno retorno hacia el punto inicial».

Pues bien, este primer día del 2006 representa tal punto inicial. De nuevo nos ubicamos en un comienzo que, siquiera en las mentes y cuerpos tiernos, cobra aires de promesa de aventuras, mundos inéditos, amores vírgenes, emociones broncas, tesoros escondidos.

Quien aún espera novedades de la vida y los años todavía no lo encorvan, sin duda gusta del ritual de los propósitos de Año Nuevo. La Fe y los buenos deseos lo bendicen, mientras se ve en el futuro una alfombra mágica colmada de regalos. Hierven así los corazones jóvenes en el crisol de la esperanza: uno promete abandonar el tabaco, otro asistirá al gimnasio, hay quien opta por un 2006 de joyas y dinero.

Mientras tanto, quien cree haber descifrado el juego de la vida y rebasó el medio siglo, dificilmente vibrará con la ceremonia de las 12 uvas, barrerá monedas a la entrada de su casa, lucirá chones rojos, u obedecerá cualquier rito de Año Nuevo.

Este editorial sería terrible y de un nihilismo fulminante, si un servidor sólo encontrara en la rueda del tiempo -llamada Samsara por los budistas- fastidio, dolor, castigo y lágrimas. Mis palabras no merecerían ni una gota de tinta si, entre la cuna y la tumba, no hallaran más que el aburrido ciclo de estaciones y el inexorable arrugamiento de la piel humana.

Y es que, con tanto apego nuestro por los bienes y el sexo, amén del exagerado prestigio de los cuerpos juveniles, resulta imposible vivir a plenitud la postrera etapa que es la senectud. Me parece que pocos ancianos en verdad experimentan una vejez agradable.

De aquí la visión desencantada de la Navidad y de la cena de Año Nuevo, que ciega a mucha gente de edad. Me refiero al anciano que no logró descifrar el acertijo del último capítulo de la vida, y por eso perdió la ilusión, las ganas, el apetito.

Claro, él alega ser un hombre realista que no se cuece al primer hervor, y hasta se enorgullece de evitar la alegría decembrina. Sonríe irónicamente al adolescente soñador , y a cada rato exclama que el tiempo lo ha curtido y que la vida es un ring de boxeo.

Por fortuna, siempre habrá ancianos a quienes los años les sienten bien, y que, en vez de precipitarse a una tumba amarga, se rejuvenecen cuando resuenan las últimas campanadas del año viejo. Retornan así al punto inicial, eternamente jóvenes, instalados en el umbral de la vida que es el primer día del 2006.

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En mi corazón hay silencio…un silencio que poco a poco carcome el alma, un silencio que me hunde, que oprime mi voluntad.

En mi corazón hay espacios vacíos, rincones que nadie ha habitado…y aquéllo llamado Esperanza se empieza a apagar.

En mi corazón hay un desierto…territorio sin dueño.

Mi corazón no es más que el cáliz vacío en busca del contenido…pero nada fluye, nada llega, nada se detiene…está latiendo sin sentir…y se va haciendo más pequeño.

Esta soledad de las almas gemelas que no se ven…que solo se alejan…esta inútil necesidad de libertad es la que no me deja volar.

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